Severine Even à Rennes

Séverine Even

En la capital Bretona, la arquitectura contemporánea se mezcla con las casas con entramado de madera

De las grandes líneas de su historia a los rinconcitos de su mapa, Séverine Even conoce Rennes como la palma de su mano. Lógico y normal, nació aquí y se dedica a eso.

Rennes siempre sorprende

Séverine Even es una apasionada de la historia y el arte. También de su ciudad. Jamás ha querido dedicarse a otra cosa. «El gusanillo me entró a los 11 años. Acompañaba a mi abuela en sus viajes en autobús con la tercera edad y siempre había guías con gorra y micro. ¡Yo estaba fascinada!». El oficio ha cambiado mucho desde entonces. Séverine no ha parado de formarse. Posee numerosos títulos: en turismo, historia del arte, lingüística… Su tarjeta profesional de guía intérprete nacional la autoriza a ejercer en francés, inglés, español e italiano, ante un público de lo más variado.

De niña, Séverine creció en el barrio popular de Maurepas. De adolescente, asistió al instituto Zola, donde se juzgó al capitán Dreyfus en 1899. Después, trabajó en Grecia, España, Italia, Chile o Perú, como guía de alta montaña o profesora de francés. Siempre con el mismo amor por el patrimonio.

«Me he sentido bien en muchas ciudades, pero en Rennes me siento muy bien. Los visitantes también lo dicen. Rennes no es un lugar turístico importante, así que la gente no tiene una imagen preconcebida de la ciudad. No saben exactamente qué se van a encontrar y siempre se llevan una agradable sorpresa.¿Qué es lo que más gusta? Una ciudad a tamaño humano cuyo centro puede recorrerse dando una vuelta a pie, sin temor al tráfico o las aglomeraciones.»

La capilla de Saint-Yves

Uno de los monumentos más antiguos de Rennes, edificado en el siglo XV. La capilla de Saint-Yves fue, en sus orígenes, el anexo religioso de un hospital hoy desaparecido. Iluminado por vidrieras contemporáneas, el edificio, de un estilo gótico flamígero, ha conservado la impronta de su armazón esculpido, sus vigas con «caras de monstruos» y sus suelos de esquisto púrpura.

El Parlamento: belleza y escalofríos

El emblemático edificio del Parlamento de Bretaña figura entre las visitas imprescindibles de la oficina de turismo. Nada de rutina: Séverine lo ama como el primer día. «Recuerdo el momento en el que penetré por vez primera en la Gran Cámara. Esa sensación de fascinación ante la belleza de semejante suntuosidad… Cuando giro la llave, antes de encender la luz, siempre me recorre el mismo escalofrío».

A ojos de Séverine, el Parlamento de Bretaña es, asimismo, un símbolo múltiple. Ayer, el de una región orgullosa de su independencia frente al rey de Francia, y hoy, el de su identidad cultural. También el de una resurrección ejemplar tras el trágico incendio de 1994. «Es un patrimonio vivo, no un museo». Allí podemos cruzarnos con las batas negras de los abogados y los micrófonos de los periodistas en los días de grandes juicios: el Parlamento de Bretaña es la sede del tribunal de apelación de Rennes.

La plaza Hoche, a libro abierto

Un poco hacia el norte, la ruta de Séverine atraviesa la place Hoche. Aquí es donde hace sus compras literarias en los puestos de los libreros. «Tienen para elegir. Cada uno según su especialidad. Se pueden encontrar obras de gran valor y un montón de novelas bien de precio. Y existe ese contacto humano. A mí me gusta porque ahí está el sentido de lo que hago.»

Alrededor de la plaza cuadrada se alzan dos palacetes con motivos vegetales; dos hermosos ejemplos de estilo Art nouveau. En la esquina adyacente, el sorprendente hotel Galicier (1893). «Parece un pequeño castillo de inspiración neogótica de formas muy mixtas. Con una loggia, una torreta, aspilleras… ¡ Y una fachada de hormigón!»

A mediodía, los estudiantes de la facultad de economía se comen algo en los bancos de la place Hoche. Por la tarde, los críos echan a volar en el carrusel. El jueves se celebra un mercado de alimentos. Incluso el centro comercial de la Visitation guarda algunas sorpresas. «Fíjate bien… ¿Ves ese atrio? ¿Y el templo votivo de la vitrina? Tenemos bajo nuestros pies los restos de una gran ciudad galorromana».

Visitas para descubrir Rennes

Con Séverine, una visita lleva a otra. De vuelta a la capilla de Saint-Yves, donde van a dar las callejuelas sinuosas del Rennes medieval, bordeadas de casas con paños de madera. Séverine lee a través de las fachadas. «En el gran incendio de 1720 se destruyeron más de 800 casas. Quedan unas 500, pero la mitad están recubiertas de estuco o pizarra

A Séverine le gustan los patios traseros secretos y floridos, disimulados tras las desequilibradas fachadas. ¿No oyes el barullo de las carretas de los campesinos y los vendedores ambulantes? «Lo que más me gusta es el contraste de la arquitectura clásica del siglo 18 y la silueta de los edificios contemporáneos. En algunos lugares cohabitan varias épocas».

Es el caso del square Hyacinthe Lorette o el inmueble de alto standing de Jean Nouvel (2015) que dominan los vestigios de las antiguas murallas reforzadas de la torre Duchesne.

La casa Ty Koz

En el número 3 de la rue Saint-Guillaume se halla una de las viviendas más antiguas del centro histórico de Rennes, construida en 1505 por canónigos de la catedral.

En su fachada, profusamente esculpida, figuran dos estatuas de Saint-Michel y de Saint-Sébastien, este atravesado por flechas. La casa, clasificada como monumento histórico, resultó parcialmente destruida en un incendio ocurrido en 1994. En la actualidad acoge un club privado.

¿El secreto mejor guardado de Rennes?

¿Y la mazorca de maíz gigante del fondo? Son los Horizons. Su arquitecto se llama Georges Maillols (1970). Séverine recuerda perfectamente las cifras: «35 pisos, 100 m de altura, 480 apartamentos, 1000 habitantes. Fue uno de los primeros inmuebles de gran altura destinados a vivienda que se construyeron en francia. En su época como profesor en rennes, el novelista milán kundera vivía en el último piso

Al pie del rascacielos corre uno de los secretos mejor guardados de Rennes. Un bucólico sendero recorre el brazo del río Ile que rodea el barrio de Bourg-l’Evêque. Bordea la sala de espectáculos de la Paillete, un antiguo lavadero y el complejo de Saint-Cyr donde, antaño, una institución religiosa se encargaba de «enderezar» las almas perdidas de las jovencitas en apuros, llamadas a ser lavanderas.

El camino finaliza en el Jardín de la Confluencia, al final del paseo François Mitterrand. Recientemente renovado, el trocito de verde ve ponerse el sol en el canal. Los pescadores gozan del espectáculo. Séverine también. Aquí, la historia suspende su curso; el trabajo también.

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